El catequista debe poseer en grado satisfactorio las habilidades de un comunicador. Como se dice en el argot comercial debe “saber vender el producto”. • Fundamentalmente debe saber dialogar, recordando que la primera cualidad de un buen diálogo es escuchar y escuchar con benevolencia. Hablar con propiedad, con claridad, valiéndose para ello no sólo la palabra sino de los demás elementos del lenguaje: la imagen, el gesto, el símbolo, el símbolo, la visualización de contenidos abstractos. Su capacidad de lectura, tiene relación con el análisis y la interpretación, en su dimensión antropológica y religiosa para luego hacer una aplicación a la situación de los grupos y de cada interlocutor. • El catequista debe asumir dentro del proceso de comunicación, el papel de receptor. Por su parte, ofrece mensajes a sus interlocutores; pero estos no sólo se limitan a repetir lo que han escuchado, sino que emiten sus propios mensajes para compartirlos con la fuente y con demás compañeros de grupo. Así, la comunicación será dinámica, enriquecerá a los miembros del rá grupo y hará progresar la comprensión del mensaje. Actitudes • Las actitudes del comunicador tienen influencia definitiva en el desarrollo positivo del proceso de la comunicación. Volviendo sobre la “ley del espejo”, ante todo es necesario que el catequista tenga suficiente confianza en sí mismo, en su propia valía, como alguien capaz de elaborar y transmitir eficientemente un mensaje. Si por naturaleza, por cultura o por ambiente posee cualidades positivas de comunicador, las debe poner en acción con una voluntad generosa de servicio al mensaje evangélico. Si por el contrario, por inexperiencia, por timidez u otras circunstancias tiene dificultades en sus funciones de comunicador, debe cultivarse con paciencia y perseverancia en una actitud de permanente superación, creatividad y renovación. La actitud del catequista ante el mensaje es fruto de su experiencia e vida. “Nadie da lo que no tiene”, dice el refrán; en nuestro caso o se trata simplemente de enseñar, de adoctrinar; se trata de in quietar, de motivar, de entusiasmar en relación con el mensaje cristiano. Cristo encarnó en su propia vida el mensaje de salvación que trajo a los hombres. De igual manera, el catequista debe ser más elocuente con su vida, con sus actitudes, que con sus palabras: actitud de diálogo, de alegría, de respeto, de admiración, de autenticidad. Su conocimiento del no es puramente teórico, sino experiencia: por lo mismo lo profundizará, lo apreciará y lo sabrá transmitir con mayor fidelidad. Su actitud hacia el perceptor, debe ser de comprensión, de respeto, de empatía. El catequista debe dejar en un segundo plano su situación para valorar la persona y la situación de sus(s) interlocutor(es). Tener con ellos sentido de justicia, igualdad en el trato, paciencia y sobre todo valorar sus aportes, por sencillos y rudimentarios que parezcan. La actitud del catequista hacia el catequizando es definitiva para la aceptación o el rechazo del mensaje. La infravaloración o la ridiculización de las personas y sus aportes, bloquean el proceso de la comunicación; no sólo queda interrumpido el proceso sino que es rechazado por parte del perceptor. Al nivel del mensaje El catequista debe conocer el mensaje, con amplitud y profundidad suficientes para tener seguridad y claridad en el momento de comunicarlo a los demás. Como afirmábamos antes, los dos extremos son viciosos. La “superespecialización”, puede llevar al comunicador a colocarse muy por encima del nivel de sus oyentes, a tal punto de hacerse incomprensible. La falta de dominio del tema, por el contrario, lo llevarán a la inseguridad, la vaguedad y la confusión. Ahora bien, no basta conocer el tema; hay que saberlo comunicar; hay que conocer el lenguaje comprensible para el perceptor, su nivel de comprensión, su situación anímica, sus necesidades más sentidas, para que el mensaje tenga agarre no solo en su entendimiento, sino en el resto de sus facultades. Esto implica para los catequistas, no sólo el conocimiento del mensaje cristiano sino de los mecanismos que mueven el proceso de la comunicación y el manejo apropiado del lenguaje. Cuiden de que los catequistas se preparen de la debida forma para su función de comunicadores, de suerte que conozcan con claridad la doctrina de la Iglesia y aprendan teórica y prácticamente las leyes psicológicas y las disciplinas pedagógicas. (Decreto Christus dominus, Nº 14). Y Pablo VI, añade: Ante todo, es menester preparar buenos catequistas —catequistas parroquiales, instructores, padres de familia— deseosos de perfeccionarse en el arte superior indispensable y exigente que es la enseñanza religiosa. (Paulo VI: “El anuncio del Eavangelio hoy”. Ediciones Paulina. Bogotá, 1975). Luis Vallejo Bolaños: “Jesús el maestro: pastoral catequética”. Universidad Santo Tomás. Bogot´. 1990. P. 157-160
ISCA
El ISCA es un instituto superior nacional de catequética cuya finalidad se inscribe en el ámbito de la investigación y de la formación de formadores. Por eso asume la preparación de los que van a ejercer la responsabilidad de la animación, coordinación, conducción y/o formación en la catequesis a nivel diocesano, regional y nacional, en las casas de formación del clero y en el ámbito de las congregaciones religiosas.
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